
Imagen: Tapa de la pimera edición de La piedra, ed. Acmé, 1913
En un esmalte celeste pálido,
imaginable en abril,
los abedules levantaban sus ramas
y atardecían imperceptiblemente.
Dibujo pulido y menudo,
se congeló la fina red,
como en un plato de porcelana
el arabesco precisamente delineado,
cuando el artista amable
lo dibuja en la dureza del cristal,
consciente de la fuerza del instante,
olvidado de la penosa muerte.
1909
Hay castos encantamientos:
la elevada armonía, la profunda paz,
lejos de las liras etéreas
lares por mí instalados.
Junto a nichos cuidadosamente lavados,
en las horas de los atentos ocasos,
siempre escucho la entusiasta
quietud de mis penates.
¡Es de juguete la fortuna,
qué cobardes leyes
dicta el torso afilado
y frío de esos cuerpos frágiles!
A otros dioses no hay que alabar,
¡ellos son tan iguales a ti!
Y, con mano cuidadosa,
está permitido trasladarlos.
1909
Me dieron un cuerpo, ¿qué debo hacer con él,
tan único y tan mío?
Por la calma alegría de respirar y vivir
¿a quién, díganme, debo agradecer?
Yo soy el jardinero, también yo soy la flor,
en la prisión del mundo no estoy solo.
En el cristal de la eternidad yacen ya
mi aliento, mi calor,
quedó grabado en él un arabesco,
desfigurado desde hace un tiempo.
¡Que se deslice la bruma del instante,
que no manche el bello arabesco!
1909
Una pena inefable
abrió dos enormes ojos,
se despertó el jarrón de flores
y derramó su cristal.
Toda la pieza está embriagada
de languidez, ¡dulce remedio!
Un reino tan pequeño
ha devorado tantos sueños.
Un poco de vino tinto,
un poco de sol de mayo,
y, partiendo una galletita fina,
la blancura de finísimos dedos…
1909
De nada necesita hablar
nada le conviene enseñar,
y es tan triste como bella
el alma oscura del animal:
nada desea aprender,
en absoluto sabe hablar,
pero nada como un joven delfín
por los canos abismos del mundo.
1909
Cuando un golpe con otros golpes se encuentra
y sobre mí con fatal,
incansable péndulo se desliza
y quiere ser mi destino,
se apresura y bruscamente se detiene
y el huso cae;
y es imposible encontrarse, convenir,
y no da inclinarse.
Agudos arabescos se entretejen
y, siempre rápido y más rápido,
se elevan lanzas envenenadas
en las manos de audaces salvajes.
1910
Una colmena de nieve más lenta,
un cristal más transparente que la ventana,
y una un velo turquesa
arrojada sobre una silla con descuido.
El tejido, emborrachado por sí mismo,
afeminado a la caricia de la luz,
experimenta el verano
como si el invierno no lo tocase.
Y si en los diamantes helados
fluye el hielo de la eternidad,
aquí está el temblor de las libélulas,
efímeras, de ojos azules…
1910
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